En Chiguayante, las condiciones del subsuelo sorprenden incluso a los contratistas más experimentados. La terraza fluvial sobre la que se asienta gran parte de la ciudad, compuesta por depósitos no consolidados del río Biobío, alterna lentes de arena limpia con bolsones de grava y finos limosos. Esta heterogeneidad, que varía en cuestión de metros, es el primer dato que consideramos antes de plantear cualquier diseño de inyecciones. No se trata de aplicar una receta estándar. Un perfil de suelo en la ribera norte, cerca de la Ruta 150, no se comporta igual que el terreno más cohesivo que aparece hacia los faldeos orientales. Por eso nuestro equipo técnico analiza la granulometría real del sitio y la permeabilidad in situ antes de definir la mezcla y la presión de inyección. Complementamos esta fase con un ensayo de permeabilidad in situ cuando el proyecto lo requiere, lo que nos permite ajustar la reología de la lechada sin depender de tablas genéricas. La lógica es simple: el suelo manda, y en esta zona del Biobío, manda con variaciones bruscas.
En Chiguayante, el éxito del grouting no está en la máquina, sino en la lectura precisa de la heterogeneidad aluvial del subsuelo.



