Chiguayante, asentada sobre la llanura fluvial del río Biobío con una población que supera los 85 mil habitantes, enfrenta un desafío geotécnico particular: suelos de gravas arenosas y limos con napa freática alta. El terremoto del 27F de 2010 dejó claro que las soluciones de contención deben ir más allá del estándar. El diseño de anclajes activos y pasivos surge como respuesta técnica cuando los taludes naturales o las excavaciones urbanas requieren una restricción de movimiento milimétrica. A diferencia de un muro convencional, un sistema de anclajes transfiere las cargas de tracción a estratos competentes, permitiendo excavaciones verticales junto a edificaciones existentes sin comprometer la estabilidad. La correcta ejecución de un anclaje en Chiguayante depende de un perfil geotécnico preciso, donde la densidad con cono de arena en el bulbo de inyección y el control de finos resultan críticos para evitar la fluencia del tendón bajo cargas sísmicas cíclicas.
En suelos aluviales del Biobío, la diferencia entre un anclaje activo y uno pasivo define si la excavación se mantiene estable o si la deformación afecta a la estructura vecina.



